Orde e disciplina
Cárcel por chupar una pajita o varazos por rociar espray en vehículos: los severos castigos por travesuras en Singapur
Un estudiante francés de 18 años se enfrenta a dos años de cárcel por una travesura que se hizo viral en redes

Un francés de 18 años podría ir a prisión en Singapur por lamer pajita de venta automática

Un estudiante francés de 18 años devuelve una pajita tras chuparla a la máquina expendedora de zumos de naranja. También graba el proceso y lo cuelga en su cuenta de Instagram advirtiendo de que "la ciudad no es segura". Una travesura inocua, debió de pensar. Ocurre que las travesuras son poco apreciadas en Singapur y el joven se enfrenta a dos años de cárcel.
La grabación circuló sin freno en una ciudad que prioriza el orden y la disciplina social. La propietaria de la máquina, la compañía iJooz, cambió de inmediato las 500 pajitas, calificó ese lengüetazo de "extremadamente serio" y confesó su "pesar y consternación". El colegio internacional de negocios donde estudia el chico ha anunciado una investigación interna porque "se toma muy en serio los asuntos de conducta y responsabilidad comunitaria". Ha sido acusado de daños y de alteración del orden público. Lo primero contempla penas de hasta dos años de cárcel; lo segundo, cárcel hasta tres meses, una multa de hasta 2.000 dólares o ambas. La sentencia se conocerá el 22 de mayo.
La noticia ha propagado de nuevo el mensaje: nadie, y tampoco los ricos niños extranjeros, están exentos de la rígida etiqueta social en Singapur. "Probablemente será multado y quizá reciba una condena de cárcel, pero muy por debajo del máximo previsto. Su edad y la ausencia de daños en las personas y de daños permanentes en la propiedad serán factores atenuantes. Su visado podría ser revocado", pronostica por correo electrónico Ja Ian Chong, profesor de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Singapur.
'Fine city'
Es la capital financiera asiática conocida como la fine city, traducible como la ciudad buena y la ciudad de las multas. Ese ardid polisémico lo explica todo. Un paseo por su icónica Marina Bay, el corazón futurista, descubre calles como quirófanos, más esterilizadas que limpias. Mantener prístina esa ciudad-estado, con la segunda mayor densidad demográfica del mundo, exige un arsenal de leyes y sanciones desincentivadoras. Los locales las han interiorizado pero los turistas imprudentes pueden verse en aprietos. Conviene un vistazo al Código Penal.
Está prohibido, por ejemplo, vender o importar chicles. Lanzarlos al suelo acarrea hasta 1.000 dólares de multa. La medida fue adoptada en 1992 tras una ola vandálica que amenazó con arruinar el flamante MRT o metro urbano tras una inversión de 5.000 millones de dólares. Muchos jóvenes tapaban con ellos los sensores de las puertas y generaban retrasos y cortes del servicio. Otras exorbitantes multas les esperan a los que fumen o vapeen fuera de las escasas zonas habilitadas, crucen las calles por donde no deben o desdeñen el semáforo, escupan, olviden tirar de la cadena en los inodoros públicos o lancen algún papel al suelo. Un garabato en una pared o una pegatina en una farola son aquí actos vandálicos y para los más agravados, además de multas, se contempla la cárcel o incluso la temible vara.
Simboliza la vara toda la dureza del sistema penal singapurés. La probó el estudiante estadounidense Michael Fay, condenado a seis varazos por rociar con espray varios vehículos, en un caso que mereció las portadas en su país más de 30 años atrás. Incluso pidió clemencia el entonces presidente, Bill Clinton. El castigo corporal se reserva a crímenes violentos, agresiones sexuales o narcotráfico. También a los que entran de forma ilegal en el país o permanecen tras expirar su visado. Y a los vándalos.
Castigo medieval
Los castigados son hombres menores de 50 años y sanos. La vara es de ratán y se moja en agua para acentuar su flexibilidad y el daño infligido en las nalgas desnudas. En muchos casos quedan cicatrices crónicas. Sorprende un castigo medieval en una urbe tan apegada a la modernidad. Lee Kuan Yew, el eterno primer ministro, justificó su adopción en 1966 por el añadido elemento de humillación pública. También se pensó contra los inmigrantes ilegales, a los que se consideraba razonablemente felices siendo alimentados en la cárcel. Para sus detractores, es una forma de tortura inhumana, degradante y prohibida por las leyes internacionales. La mayoría, en cambio, apunta a los ridículos niveles de criminalidad y la ausencia de drogas en la ciudad.
"Es posible que los duros castigos generen en los singapureses un sentimiento de comodidad al ver que se está actuando con fuerza contra el crimen, especialmente si no tienen que ver las consecuencias sangrientas de esos castigos. Si contribuyen realmente a reducir los crímenes es un asunto más dudoso. El número de crímenes violentos en Singapur es similar al de Corea del Sur, Japón, Taiwán y Hong Kong, y en ninguno de esos lugares hay castigos con vara", apunta Ja Ian Chong.
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