Opinión | A sorte de bicar
Con dinero (y con dinero) yo hago siempre lo que quiero
Las pasadas navidades tuve un pico de ansiedad segundos antes de entrar en un gran centro comercial. Todo sucedió cuando yo y cien personas más cruzábamos un paso de cebra. Ahora a la derecha, ahora nos paramos y ahora seguimos recto. Todas apelotonadas, caminando al mismo ritmo y con un objetivo compartido: comprar. Quedaban pocas horas para desenvolver los regalos y nos faltaba un libro, un cinturón o un qué sé yo. Daba igual lo que fuera, daba igual que quien fuera a recibirlo ya tuviera de todo y nos hubiera repetido mil veces que más adelante y que durante las rebajas encontraríamos algo. Había que consumir y gastar el dinero que, ojalá, dedicásemos a menesteres más loables como, por ejemplo, ahorrar. Los billetes y el consumismo mandan.
En el Foro de Davos, Elon Musk propuso que España albergara una macroplanta de placas fotovoltaicas para generar toda la electricidad que necesita Europa. Su enfoque era estratégico y utilitarista. Excluía el paisaje, los hábitats, la fauna y la flora. Obviaba la existencia de pueblos, de habitantes, de arquitectura, de historia y proponía un planteamiento digno del Monopoly. Musk considera que el planeta Tierra (y, también, el espacio) son terrenos a conquistar, explotar y donde hacer negocio. Caiga quien caiga. El mercantilismo es lo relevante por encima del bien y del mal. Su filosofía y modus vivendi es dinero-céntrica. Y, a pesar de todo, medio mundo le admira.
En el ámbito del fútbol profesional se permiten conductas bastante reprobables. Ni Vinícius ni Lamine Yamal destacan por su buena educación, por su aportación a la paz mundial o por su respeto hacia el género humano y, sin embargo, muchos jóvenes (y no tan jóvenes) siguen idolatrándoles. Seguro que es por su forma de correr detrás de una pelota, pero también por su capacidad para hacer dinero. Escucho a dos chicos hablar sobre los más de quince millones que gana Yamal y justificar su soberbia y que ande crecido con un «Él se lo puede permitir. Si tuviera su plata, tendrías que verme». Vaya.
Mencionar «paz» junto a Donald Trump podría considerarse un oxímoron, pero el presidente norteamericano ha constituido su propia ONU y ha invitado a algunos países a adherirse, bajo la premisa de pagar 1.000 millones de euros. La idea es restaurar la estabilidad y asegurar la concordia en áreas de conflicto. Para empezar, en Gaza. Durante el Foro de Davos, Donald afirmó ser un promotor inmobiliario que valora la ubicación de sus propiedades y, reconozcámoslo, la de la franja es extraordinaria para construir varios resorts. Allí hay negocio, en Venezuela también y en Groenlandia ni te cuento. Quien paga manda. Hacer riqueza es algo divino y las vidas humanas y las soberanías territoriales son males necesarios.
Da igual que un youtuber diga chorradas. Lo importante es que tenga seguidores y, por ende, patrocinadores que le hacen ingresar pasta gansa. Creemos que una canción es buena porque tiene descargas a gogó. Pensamos que ir bien vestido y tener estilo implica pagar 500 euros por unas bambas deportivas y nuestros gustos cinéfilos o musicales acaban moldeándose en función del dinero invertido en sus promociones. Atrás queda la libertad de tener un criterio propio. Uno que no se sustente sólo en lo material, sino en valores como la bondad, la justicia o la ética.
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