Opinión | Crónica política
23-F: punto final a la pesadilla
Con demasiado retraso, se desclasificaron los papeles secretos del intento de golpe del 23 de febrero del 81. Pero bienvenida sea la publicación de secretos: 17 horas de secuestro del Gobierno y del Congreso por un jefe de la Guardia Civil, Antonio Tejero, que según su esposa —figura en la transcripción de su llamada— era el «tonto» y el «desgraciado» de la banda golpista. Lo dejaron «tirao como una colilla», se quejó. Pero nadie se esperaba la grosería de entrar a tiros en el hemiciclo. No hubo muertos porque Dios no quiso. Y no triunfó el golpe porque el rey Juan Carlos no quiso. Ha quedado claro, para disgusto de la ultraderecha y de los fabricantes de bulos.
Hubiera bastado con admitir al general Alfonso Armada en Zarzuela, para que ganara autoridad ante los generales sublevados; y, sobre todo, sin esas frases rotundas de don Juan Carlos al teniente general Milans del Bosch, que sacó los tanques en Valencia, advirtiéndole que ni abdicaría ni se iría de España. Sin esas frases quizás el golpe hubiera triunfado. Los papeles prueban que hubo una estrategia para presentarse, ante el Consejo de Guerra que les juzgaba, como cumplidores de un deseo del Rey, al que insinuaban como cómplice en la intentona para escapar ellos de la condena. Pero en otros papeles lamentan no haberlo neutralizado.
No hubo muertos, pero las tres personalidades que no se tiraron al suelo, sin amedrentarse por los disparos —Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo— estaban convencidos de que probablemente los iban a fusilar. Así nos lo transmitió Carrillo en una entrevista: «Mi única duda era a quién fusilarían primero, porque si a mí me odiaban, quizás a Suárez y al general Gutiérrez Mellado aún más». El general nos explicó en su día que al primer vistazo ya se dio cuenta de que no era la operación de una unidad militar concreta, sino de un revoltijo de golpistas recolectados aquí y allá, porque sus uniformes no coincidían. «Presentaban un estado de policía lamentable», se quejaba. Cierto; como que Tejero se llevó a su asonada incluso a los guardias que atendían el bar de la Agrupación de Tráfico, uno de ellos con calcetines rosa.
Suárez, durante el secuestro, exigió hablar con el que mandaba a los golpistas y ahí se jugó la vida otra vez. Tejero estaba enfurecido y empuñaba una pistola. Un ujier de las Cortes tomó nota del diálogo a gritos de aquellos dos hombres en un pequeño despacho y guardó el papel manuscrito hasta que se jubiló. Entonces se lo entregó a Alfonso Guerra. Otra desclasificación.
El anuncio de que se abrían los archivos ha sido un numerito, como casi todo en España. El PP, que lleva conectado el automatismo del «no a todo», lo criticó el primer día; el segundo día rectificó porque ya le parecía bien y Alberto Núñez Feijóo, sin preguntar a nadie, se amparó en que don Juan Carlos salía fortalecido de la lectura de los papeles, cierto, para proponer su regreso a España. Está en su derecho el uno de proponer y el otro de regresar. Solo que Núñez Feijóo no preguntó a los interesados. A don Felipe no le gustó porque exige al rey emérito que traslade su residencia fiscal a España. Y eso ya no le parece bien a su padre. Un lío. Para colmo, Antonio Tejero se murió en ese mismo momento. Extraño que no hayan culpado a Pedro Sánchez de la coincidencia.
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