Crece la pobreza farmacéutica en Galicia: más de 75.000 gallegos dejan de tomar medicamentos por no poder pagarlos
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Saúde

Crece la pobreza farmacéutica en Galicia: más de 75.000 gallegos dejan de tomar medicamentos por no poder pagarlos

É a cifra máis alta dos últimos oito anos, segundo os datos do Barómetro Sanitario

Afecta sobre todo a enfermos crónicos e os fármacos dos que máis prescinden son analxésicos ou antidepresivos

Una clienta entra en una farmacia.

Una clienta entra en una farmacia. / Victor Echave

Paula Pérez

Santiago

La pobreza tiene muchas caras y una de ellas es la dificultad económica para acceder a medicinas. En Galicia más de 75.000 gallegos dejaron de tomar medicamentos que tenían recetados por falta de dinero, según los datos del Barómetro Sanitario correspondientes a 2025. Supone un incremento del 7 por ciento respecto al año anterior y es la tasa más elevada de los últimos ocho años, lo cual revela un aumento de la vulnerabilidad de muchas familias en un contexto donde las economías domésticas están cada vez más asfixiadas por la inflación y el encarecimiento del precio de la vivienda y los alquileres.

Según la encuesta realizada por el Ministerio de Sanidad, el 3,2 por ciento de los gallegos de 18 o más años reconoce haber dejado de tomar algún medicamento recetado en la sanidad pública «porque no se lo pudieron permitir por motivos económicos». Es el porcentaje más elevado desde 2017. De hecho, hace solo cuatro años esta tasa se situaba en el 2,4 por ciento y tras permanecer estancada en el 3 por ciento, en 2025 experimentó un incremento que se traduce en 5.000 personas más afectadas por lo que se llama pobreza farmacéutica. Y esto tiene un claro impacto sobre la salud de estas personas.

Copago farmacéutico

En España existe un sistema de copago farmacéutico que varía en función de las circunstancias de cada paciente. La aportación del usuario oscila entre el 10 y el 60 por ciento del precio del fármaco, pero están exentos determinados colectivos vulnerables como los perceptores de la renta de integración social o del Ingreso Mínimo Vital, gallegos con discapacidad, parados que perdieron el subsidio por desempleo o pensionistas con rentas inferiores a 11.200 euros anuales. Sin embargo, puede haber personas con dificultades económicas que no se encuentren entre los beneficiarios de esta gratuidad. De hecho, tener un trabajo y un salario no siempre es garantía de vivir cómodamente y sin preocupaciones, máxime cuando el coste de la vivienda absorbe cada vez más recursos a las familias.

Según los datos de la ONG Banco Farmacéutico, dedicada precisamente a combatir este tipo de pobreza, el perfil más común es el de aquellos enfermos crónicos que deben pagar un mínimo de 20 euros mensuales de tratamiento. Pero hay que contar con las personas en situación irregular sin acceso al copago. Por ello, las cifras podrían no reflejar la situación real, porque muchos de ellos, como consecuencia del estigma de su situación, no admiten que no pueden costearse el tratamiento ni buscan ayuda para ello.

Un estudio realizado entre usuarios de esta ONG en Cataluña revelaba que los medicamentos de los que suelen prescindir estas personas por motivos económicos son, sobre todo, fármacos para el dolor, para tratar trastornos mentales, enfermedades cardiovasculares, diabetes, problemas digestivos, alergias o dolencias respiratorias. Así, más de la mitad usaba analgésicos y el 40 por ciento consumía psicofármacos como ansiolíticos o antidepresivos.

En todo caso, la pobreza farmacéutica está en Galicia por debajo de la media estatal que se sitúa en el 4,8 por ciento o de otras comunidades como Cataluña, donde el 8,3 por ciento de los encuestados admite que dejó de tomar fármacos por razones económicas, o de Andalucía, con el 7,1 por ciento.

Y dejar un fármaco puede acarrear graves consecuencias. Esto explica que, tal y como certifican algunos estudios, exista una correlación entre nivel económico y salud. A menos recursos, más probabilidades de caer enfermo. El tabaquismo o el alcoholismo tienen mayor predominancia entre colectivos de clase baja, que además se alimentan peor y tienen trabajos más duros, lo que puede pasarles factura física. A esto se suma que las personas con rentas bajas tienen más dificultades para acceder a médicos y tratamientos.

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