El enemigo es el odio
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Opinión | Artigos de broma

El enemigo es el odio

Pese a ser dos personas tan distintas Arnold Schwarzenegger y mi madre coinciden en que no hay que odiar. El actor y exgobernador de California lo dijo en un entorno tan sin sustancia como la Comic Con de San Diego en Málaga mientas que el constructor y presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aprovechó el funeral del activista ultra Charlie Kirk para declarar universalmente su odio a los rivales.

Lo hizo en respuesta a la viuda de Kirk, Erika, que una semana después del asesinato de su marido anunció que había perdonando al asesino. Como católica, la antigua miss Arizona tiene la obligación de perdonar, pero una fe sana le dejaría un poco más de tiempo para digerir los acontecimientos. Podría no odiarlo instantáneamente porque el odio es más desasosegante que el amor y se puede rechazar por el malestar que produce, pero perdonar exige reconocer el daño, liberar el resentimiento y la ira y elegir avanzar sin la carga del pasado, dicen los que saben, lo que lleva tiempo.

Trump odia a gusto porque es lo que le mueve. Cuando siente la adoración de sus seguidores no piensa que podría hacer algo bueno con todo lo que recibe sino que le viene a la cabeza que si matara a alguien le seguirían queriendo. Cuando el presidente Trump va a Naciones Unidas no piensa en dar un discurso para el mundo —el que les piden a las misses como Erika cuando ganan la corona— sino en el agravio de que hace 24 años el constructor Trump no ganó la contrata para reformar el edificio.

Oírle al final de su discurso nacionalista contra Naciones Unidas dejar caer que deberían darle el Nobel de la Paz por parar guerras que siguen calientes fue como oír a un violador pedir matrimonio a su víctima. Ahí asoma el líder transaccional: tú quieres la paz; yo, su Nobel.

El premio tiene bastantes vergüenzas en su historia y podría saldarlas dejando de ser concedido a narcisistas tan evidentes que cuando miran un galardón que se creó para estimular el logro de la paz lo ven como un estímulo para mantener la guerra hasta que les den un premio.

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