El ausente
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Opinión

El ausente

Cuando Charlie Kirk fue asesinado, tenía 31 años. No sabemos cómo evolucionaría el activista conservador tras el transcurso de los años, cuando por fin abandonase la juventud y entrase en una etapa de madurez más pausada, ejerciendo de referente intelectual no solo por el mérito de sus hazañas políticas, sino por el número de experiencias acumuladas. Tampoco podemos saber si le acabarían decepcionando algunos de sus antiguos colegas de profesión o con cuál de ellos se acabaría personalmente distanciando. O si, como ocurre con tantos otros activistas en similares posiciones de influencia, cambiaría de opinión en algunos temas en los que antes parecía inamovible. No lo podemos saber. Solo quedan sus palabras. Sus intervenciones en los debates con los estudiantes. Los monólogos de su programa. La filosofía que Turning Point USA (la organización que fundó) presentó al público cuando todavía estaba vivo. Las entrevistas que concedió. Los libros que escribió. Y, finalmente, los pensamientos que compartió en privado con sus amigos y compañeros del movimiento conservador.

Esto ha creado un vacío que algunos quieren rellenar promoviendo sus propias causas. Debido a su capital simbólico, Kirk, convertido en un mártir de la derecha, es ahora objetivo de diversas apropiaciones: la obra eternamente incompleta del trumpismo. Como José Antonio Primo de Rivera durante la dictadura de Franco. O como una suerte de Trotsky del otro bando, ofreciendo siempre la alternativa de una revolución mal interpretada. Kirk es el portador de una verdad oculta. Un mito para los que se hallan en ese lado de la trinchera. Como le arrebataron la vida tan temprano, muchos especulan sobre lo que realmente pensaba. De ese modo, Kirk sirve de autoridad para defender o criticar la guerra en Irán, para respaldar o cuestionar una alianza sólida con Israel, para diseñar una estrategia electoral, para enfrentarse al adversario ideológico o para definir los puntos claves del nuevo populismo americano.

Desde su fallecimiento, muchos líderes de opinión han asegurado conocer mejor que nadie a Charlie Kirk, presentándose como los únicos confidentes que gozaron de un acceso privilegiado a su entorno en los momentos más vulnerables y sinceros del hombre. Y lo utilizan para justificar sus propios argumentos. Kirk no ha tardado mucho en convertirse en «el ausente», es decir, en una presencia que, pese a su invisibilidad física, sigue interviniendo en la conversación pública. Él ya no puede controlar esos relatos que luchan por hacerse con su obra. En este ambiente, un tanto histérico y caótico, se han difundido todo tipo de teorías de la conspiración. Algunas incluso involucran a su viuda. Uno de los efectos de la mitificación de Kirk es que muchos lo idealizan y quieren poseerlo hasta el delirio, proclamándose sus sucesores; se han emitido pódcast sobre su asesinato, monetizándose así el duelo, en los que se teoriza sobre extraños complots e interferencias externas, mientras se sugieren puñaladas por la espalda originadas en la intimidad de la alcoba. Ser fiel a su doctrina genera rentabilidad; traicionarlo supone el riesgo de ser purgado.

Es lógico que se pretenda proteger el legado de una figura tan relevante en un movimiento ideológico. Pero lo cierto es que nadie sabe qué diría Kirk de los asuntos que ocupan la actualidad. Sus citas han de ser leídas bajo el prisma del contexto en que se publicaron. Muchos miembros de esta Administración cambiaron su opinión, por ejemplo, sobre la política exterior que ha de implementar el país o sobre el nivel de gravedad de los archivos de Epstein. Kirk también podría haber cambiado su perspectiva acerca de una intervención militar de Estados Unidos en Oriente Próximo (solía posicionarse en contra). De nuevo, no lo podemos saber. Lo que sí sabemos es que, generalmente, el Poder (político o mediático) tiende a apropiarse de los mitos que resultan eficaces, y que, en muchos casos, acaban distorsionando la obra de la persona encumbrada, al colocar su rostro, a modo de logo, junto a quienes desean perpetuarse en el cargo.

Lo más triste de todo, quizás, es eso: cómo la ausencia del ser humano permite la construcción de un personaje legendario que todos quieren explotar, mientras el amigo, el esposo y el padre quedan al margen de un circo que pervierte su memoria. Para aquellos que pusieron toda su carrera en manos del universo MAGA, parece más importante generar ingresos y ganar fieles que acogerse a la decencia que proporciona la discreción y el respeto por una persona fallecida en trágicas circunstancias. Su cara es un producto más del merchandising. Su sello de aprobación post mortem eleva los precios y multiplica el número de seguidores. Su mensaje político, en fin, se difumina en una batalla de empresas que compiten por vender al «Charlie verdadero» en un mercado de las ideas que tiene muy poco de ideas y mucho de mercado.

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